«Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre,

no puede destigrarse, el hombre vive

en riesgo permanente de deshumanizarse».

José Ortega y Gasset.

 

De pequeño te dicen que la vida está llena de posibilidades, que hay que ponerse metas, ir hacia alguna parte, ser algo en la vida. Pero al hacerte mayor descubres que en realidad hay muy pocas posibilidades, y las pocas que hay son viejos caminos gastados que están marcados por reglas, condiciones y normativas de todo tipo y que, además, están delimitados, delimitados por todas partes. Al final te das cuenta de que has   «caminado libremente» por las pocas opciones que te han dado, por esas migajas, te das cuenta de que te has comportado exactamente como querían que te comportases, sientes que eres exactamente lo que querían que fueses… Y no puedes, no puedes dejar de comportarte de ese modo, ni puedes dejar de sentir que eres una marioneta del sistema, de que en todo este maldito juego existe una especie de inevitabilidad, como si las cuerdas fueran movidas por un dios irrevocable.

Era una simple pieza de ajedrez en manos de gente descabellada. ¿Qué podía hacer? Le quedaba el suicidio como escapatoria para descansar de una vez por todas, pero, de hacerlo, le considerarían un traidor, y tanto su mujer como su hijo caerían en desgracia, y sería mucho peor que en años anteriores porque la represión se había endurecido con el paso de los años. El suicidio tampoco era una posibilidad. ¿Qué podía hacer?

En verdad, ¿qué puedes hacer?, ¿qué podemos hacer? Quizá de joven soñabas con cambiar el mundo, con que podrías poner tu granito de arena para hacer un mundo mejor, pero poco a poco te vas dando cuenta de la imposibilidad, poco a poco te das cuenta de que no puedes hacer prácticamente nada, o quizás sí, puedes intentar salvarte tú, salvarte a ti mismo, aunque es probable que ya ni eso, que ya sea demasiado tarde incluso para ti, y que sólo puedas sentarte y observar la migración de aves, observar como todo se aleja hasta desaparecer.

La realidad le había mostrado que para ser feliz es necesario ser indiferente, voltear la cabeza y autoconvencerse de que todo es así, porque no hay otro modo de ser y, aunque no sea justo, es la única realidad posible.

Y es que te dicen como tienes que vestir, como tienes que comportarte, como tienes que pensar, es como si fuera una broma cruel. Quieren controlar cualquier mínimo aspecto de tu vida, desde que naces hasta que exhalas tu último aliento, y lo llaman libertad, te dicen que eres LIBRE, así, con mayúsculas. También dicen que posees derechos, un montón de derechos que te amparan y una justicia que está a tu disposición. Realmente dicen tantas cosas, sueltan esa verborrea de promesas, de palabras vacías y sin contenido, que al final terminan mezclándose unas con otras, se marchitan y se van, arrastradas por el viento, el viento que azota las copas de los árboles.

De acuerdo, de acuerdo, buscaré un trabajo normal y corriente que me dé un salario de mierda y un puñado de días de vacaciones al año, seré un infeliz más.

Mientras tanto, pasan los años y tú te quedas ahí, con ganas de gritar, pero no gritas, por supuesto que no gritas, eso es de mala educación, nadie con «sentido común» grita. Ya ni sueñas con esa última estación, con ese lejano paraíso, sólo soportas la carga, a pesar de que estás cansado o incluso agotado, soportas esa carga del día a día, esos mismos días que se repiten una y otra y otra vez como si hubieras entrado en un maldito bucle infinito del que no logras escapar.

Se abandonaba a sus fantasías destructivas. Soñaba despierto con que el autobús, en una de las muchas curvas que atravesaba, en uno de esos giros bruscos que lo movían de un lado para otro, derrapaba y se iba fuera de la calzada, y comenzaba a dar vueltas y más vueltas, y no quedaba ni uno vivo, ni siquiera el conductor, sobre todo el conductor.

Luego, al final del camino, de aquello que una vez fuiste, ya no queda nada, posiblemente todo se haya diluido, pero quizá en ese último suspiro recuerdes que mucho antes de todas esas decepciones, de todas esas pequeñas tragedias que acontecieron en tu vida, existía un niño, un niño que no estaba dispuesto a perecer, que no estaba dispuesto a rendirse a pesar de que la providencia se había puesto en su contra y que era capaz de sentarse y esperar, era capaz de soportar una larga espera.

Mira el reloj de dos a cuatro veces por minuto, salvo cuando algo llama su atención o cuando se sumerge en alguna ensoñación. A menudo vuelve a sus predicciones: «el próximo coche que venga será papá».

O quizá todo este texto sea un error, quizá tú seas un error, uno de esos extraños errores que a veces aparecen y que por alguna extraña razón no pueden caminar por esos caminos prefabricados, de algún modo no puede seguir el incesante ir y venir del mundo y se abren paso a través de la maleza. De alguna manera revolotean y escapan a todas esas ataduras que impone la sociedad en la que vivimos, la vida en sí. Sí, quizás seas una de esas extrañas criaturas que van a contracorriente, sin que nadie, ni siquiera ellas mismas, sepan el porqué.

No podía creerlo, estaba allí, lo había logrado. Lloré emocionado ante lo que veía, era la cima de toda la cordillera, el paraje montañoso se divisaba desde allí en toda su extensión. Incluso a lo lejos, como una pequeña mancha, se veía la Gran Ciudad.

Aunque pensándolo bien, posiblemente todo esto no sea más que una serie de consecuencias, que al final todo dependa de la suerte, de si sale cara o sale cruz, al lanzar la moneda al aire.