El «análisis lírico» que marca el tenor de Animalicémonos se apoya en un estilo de la transparencia: la escritura no pesa tanto por su énfasis sintáctico como por su rotundidad conceptual. David G. Lago impregna sus poemas con una claridad casi apolínea. Como en todo proyecto ético —y el suyo indudablemente lo es— el lenguaje se vuelve una piel fina, incolora, que deja ver la sangre que fluye bajo ella. Se podría decir que, en Animalicémonos, las palabras desaparecen para entregarnos la realidad. […] Se pregunta David G. Lago, entre escandalizado y pesimista: «¿Por qué no viviremos/ como olfatean los conejos,/ con interés y sin cronómetros,/ metiendo las narices/ donde haya que meterlas?». Y, en esta misma nostalgia del conocimiento sensorial, sentencia: «Ya nadie escucha./ Ya nadie huele».

Del prólogo de Pedro Alberto Cruz.

El poeta, desde su sensibilidad animal, desde el inconformismo y el deseo […], desde su misión prometeica, construye un imaginario que nos extravía y nos descubre en cada uno de estos seres vivos que son, que somos, siempre nosotros. Después del poemario solo somos cuerpos que laten con lirismo hacia una única certeza: «Hemos/ de contemplar nuestra animalidad».

Del epílogo de Celia Corral.

Una constante del poemario, y de la poesía de González Lago en general, es la de jugar con las palabras, retorcerlas para que sirvan a sus propósitos. Sin embargo, a diferencia de lo que suele ser habitual en la mala poesía (que, por supuesto, no es el caso), no se trata de hacer “juegos de palabras”, sino de jugar con ellas; el autor no busca solo un objetivo estético o hacer alarde de ingenio, sino que esa torsión del lenguaje tiene un objetivo comunicativo concreto.

Óscar Navarro, poeta.

Este es un ejercicio de reflexión antropológica. La racionalidad como una jaula, la Teoría Crítica de Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración. David G. Lago nos ha presentado una serie de paradojas de animales y de humanos con y como animales. Los que tenemos cierta edad recordaremos con nostalgia la advertencia del cantante brasileño Roberto Carlos cuando suspiraba por ser tan civilizado como los animales. 

Javier Gallego Dueñas, Profundamente superficial.

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